Elementos decorativos del pasado: el grutesco

En el XVI tuvo lugar una revolución a nivel decorativo que derivó en estilos como el grutesco

grutesco
Con la evolución de la historia y los cambios de gusto, la decoración ha ido variando y ofreciendo numerosos estilos y elementos ornamentales. El sistema decorativo conocido como grutesco ha contado a partes iguales con el apoyo y el desprecio de artistas y teóricos respectivamente pero, con su propia evolución y adaptación, ha sabido sobrevivir dejando tras de sí una estela de creatividad.

A finales del siglo XVI, en pleno renacimiento del gusto por lo clásico que se refleja de manera fiel en todas las representaciones artísticas y elementos de artes decorativas, tiene lugar el descubrimiento de la Domus Áurea de Nerón. Una revolución a nivel decorativo tiene lugar desde este momento y, con ella, surge una gran polémica entre los artistas, maravillados por la belleza del palacio de Nerón, y los teóricos dispuestos a desprestigiar el nuevo modelo decorativo.

El gran problema se deriva del sistema ornamental usado en la Domus Áurea que fue denominado grutesco. La naturaleza ingrávida e híbrida de sus elementos hacen frente a las reglas de representación en perspectiva y la distinción de las especies que definen el Renacimiento hasta el momento. Uno de los grandes problemas de los tratadistas para aceptar el grutesco es el texto que Vitruvio dejó en el s. I rechazándolo con desprecio y que, como referente máximo, no podía ser ignorado.

Por otra parte, la necesidad de justificación por parte de los partidarios del nuevo sistema decorativo les lleva a una propuesta revolucionaria de gran actualidad: los pintores y escultores no debían estar condicionados por la verdad que puede censurar su capacidad de creación poética. Esta idea se olvidó y no volverá hasta siglos mas tarde. Pero sí se atendió a la defensa que hiciese Miguel Ángel de la representación de híbridos en caso de que una obra fantástica lo requiera, si fuese necesario adaptarse al soporte o como descanso y entretenimiento para los sentidos.

A pesar de los numerosos detractores, la profusa e imaginativa decoración de grutescos ya se venía desarrollando durante la Edad Media. Así la encontramos en los márgenes de los manuscritos y llega a las pinturas de El Bosco quien introduce los monstruos y la extravagancia en la pintura flamenca al mismo tiempo que el grutesco lo hacía en Roma, eso sí, bajo la sumisión a la simetría y al ritmo impuestos por el gusto clásico.

La decoración de grutescos lucha contra sus numerosos detractores y experimenta una evidente evolución a lo largo de los siglos consiguiendo sobrevivir y mantenerse con especial presencia en las artes decorativas. Es destacable la evolución de los grutescos de carácter macabro en torno a 1.500 el cual se irá tornando alegre y añade cierto componente de realidad con animalillos veraces entre la hojarasca en detrimento de los híbridos monstruosos. Las Loggias de Rafael son el ejemplo perfecto de ese desplazamiento de lo fantástico en pro de lo delicioso y maravilloso.

Haciendo frente al dogma Vitruviano, se recurre a lo onírico para justificar el encanto y atractivo de los grutescos mientras que otros los han descrito como quimeras. Incluso se llegó a plantear la posibilidad de que configurasen un sistema de signos. Había una falta de acuerdo en la crítica con una coincidencia generalizada: el grutesco se muestra aparentemente rico pero hermético a la interpretación, el capricho parece ser la única razón de su existencia.

La acrobacia y el cortejo triunfal, repetido a partir de mediados de siglo, sugiere lo cómico como definición del grutesco, de igual forma, se relaciona con la fiesta burlesca del lenguaje del s. XVI, no en vano, Foucault sitúa a principios de este siglo el momento en que la locura sustituye a la preocupación por la muerte en las representaciones artísticas.

En la contrarreforma el grutesco no tiene cabida, ha de atenuarse y retirarse a la decoración de tejidos y grabados hasta que en el s. XVII reaparezcan con estípites que marcan la simetría, figuras de bailarines y el mono como protagonista entre el follaje. Pero como cambio mas evidente está la unificación temática, se aísla un motivo de cierto naturalismo que elimina la brutalidad del grutesco dando el paso hacia el arabesco.

Pese a tantas limitaciones impuestas bajo la defensa del buen gusto, en pleno siglo XVIII continúa la polémica y aún se recurre a lo onírico para argumentar la defensa del arabesco o grutesco. A pesar de la restricción clásica, el arabesco ya se había consolidado como lenguaje decorativo en los tejidos, pasando su componente lúdico y cómico a formar parte de la caricatura y su espíritu ha quedado presente en todas las épocas posteriores y se ve reflejado en numerosos estilos decorativos de la actualidad.

Imagen: Rafael Jimenez

Via: Chastel, André. El Grutesco. Madrid, Akal, 2000.

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